La historia de un muralista mexicano, una masacre y la genealogía de una lucha.
El Gato, rotulista, pintor y muralista autodidacta, realizó un mural sobre la historia de lucha popular en el Centro Comunitario Raíces Tlate, ubicado en la plaza de Tlatelolco donde el 2 de octubre de 1968 se vivió una de las masacres más aterradoras de la historia contemporánea de México. Este perfil ahonda en los caminos detrás de un mural y los compromisos políticos en una sociedad compleja como lo es la mexicana. Pintar, para él, es pintar la historia.
Por Carolina Fernández Ares
Originalmente publicado en Revista Rumiante, Octubre 2, 2026
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El Gato pinta un mural en Tlatelolco. ¿Cuánta sangre entra en una plaza?
-No pintes tanta sangre que vas a desmotivar a los jóvenes- le dijo un día un activista de un colectivo militante. Según su punto de vista, esa parte de la historia debía dejarse un tanto rezagada.
-¿Es mucha?
El Gato, mientras pinta, se pregunta. Alguien entra al centro comunitario donde él se pasa horas y horas ante el mural. Una paleta de pintura en una mano, en la otra el pincel en alto. Sabe que entró alguien porque escucha un escalofrío. (¿Escucha un escalofrío? ¿Se puede sentir un escalofrío ajeno? ¿Tiembla el aire con un escalofrío que se propaga?). Es una mujer la que ha entrado. Mira de frente el mural en proceso. Ve la sangre, el río de sangre en el centro del mural. El Gato voltea.
-¿Es mucha sangre?
El Gato, con su pincel suspendido, duda y pregunta. La mujer no saca la vista de los trazos que forman el río carmesí en el mural. Se acerca y lo toma del brazo. Le tiembla la mano, contiene el aire, espera, aguarda a ver qué.
-¿Es mucha sangre?
La mujer antes fue niña. Esa niña estuvo en Tlatelolco ese 2 de octubre de 1968, el Gato no. De cuando niña tiene grabado en un lienzo de memoria una imagen de ese recuerdo. (¿Impresionista? ¿Expresionista? ¿Cómo se conjugan en su memoria los gestos que vio esa tarde, los gritos, las detonaciones, los llantos y las caras de horror?). Ella estaba jugando con otros niños cuando unos militares los metieron en uno de los modernos departamentos del conjunto habitacional Nonoalco construidos en la década de los 50. Edificios de viviendas populares, algunos; otros con viviendas exclusivas según la luz, el tamaño y la ventilación privilegiada. La niña conoció esa tarde el aire de gritos. En la desesperación buscó el rostro de su madre y no lo encontró por mucho tiempo. La masacre duró horas. Recién pudo salir cuando lo encontró. Entonces recuerda que miró a la plaza y vio el río de sangre por las escalinatas.
–No maestro.
La mujer lo aprieta con fuerza, como se aprieta un bastón para sostenerse.
-Eso no es mucha sangre. Es poca sangre.

Niños mirando pasar a los militares.
imagen de archivo del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco
El Gato en el 68 tenía tan solo dos años. Era muy morrillo. Recién estaba saliendo de largas internaciones en el hospital por dificultades en sus pulmones. Durante su infancia, rodeado de seis hermanos, creció sobreprotegido por su madre y cuidado en exceso por esos primeros años de vulnerabilidad respiratoria. Sus padres, inmigrantes del estado de Guanajuato, estaban más preocupados por ganar el pan y alimentar a sus hijos que por la lucha social.1968 es su primera referencia de lucha, por eso la pinta. Fue su hermano mayor el que le trajo las primeras imágenes de rebeldía cuando, como estudiante de la prepa 5, una de las más agredidas después del 2 de octubre, se metió en la militancia estudiantil. El Gato lo veía volver a la casa de las manifestaciones, lo escuchaba hablar de bombas molotov, escuchaba de su boca las anécdotas de la calle.
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Te invitaron a pintar un mural en un Centro Comunitario Raíces Tlate que abrieron en la planta baja del edificio Chihuahua a orillas de la plaza de Tlatelolco, justo debajo de las escalinatas. Lo titulaste 1968 Semillas y memorias. 7,80 metros de largo por 2,70 metros de alto. No te centraste solo en la masacre que dejó más de treinta heridos según cifras oficiales y dos mil detenidos en una marcha estudiantil. Buscas narrar con imágenes la genealogía y el devenir. No dejaste de lado las partes oscuras a pesar de que varios protagonistas te lo han pedido; te sugirieron que no haya tanta sangre, que eso desmotivaba el involucramiento de los jóvenes a la lucha social. Pero tú no quisiste suavizar. No quisiste quitarle el peso que esas acciones implican. Abres las puertas de par en par y allí se ve. En el centro de tu mural, entonces, un río rojo de sangre, sangre cayendo por las escalinatas de la plaza que ahora, mientras pinta, está ahí afuera en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.
-Eso no es mucha sangre. Es poca sangre.
Confirmas entonces tu hacer. Buscas, con tu pintura, un eco de la historia, para que siga resonando.
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Fragmento del mural 1968 Semillas y Memoria
realizado por el Gato en el Centro Comunitario Raíces Tlate
La piel curtida por los años y el sol; horas y horas sobre escaleras rotulando paredes y muros, pintando murales en los tiempos libres. El pelo gris, parejamente cortado, deja caer un mechón más largo en la parte de atrás, como la cola de un gato. A él le dicen el Gato. Imprevisible, silencioso, observador. Sus ojos negros se le achinan en cada sonrisa, pero siempre con un gesto simultáneo tapa con su mano la boca. ¿Qué vergüenza añeja guarda ahí y siente necesario encubrir?
Su presencia puede ser tanto conversación fluida como silencio fiel. Un artista que no llena porque sí el espacio en blanco si no hay qué esbozar. Necesita que algo busque ser nombrado, necesita que algo necesite ser pintado. La paciencia y la escucha están al resguardo con él.
Le dicen el Gato desde que estaba en la escuela por lo silencioso, obediente y tímido. No hacía nada que no fuera explícitamente avalado por su maestro. ¡Niños, acá se quedan! ¡Cada uno en su silla y en silencio! Se pasaba horas quieto, sentado en el mismo pupitre. Cuando el maestro salía y el aula se volvía un desmadre, todos corretean, haciendo volar objetos, riendo y gritando, menos él. Gaaatiiito, ¿no se mueve el gatito? El Gato recuerda hoy cómo dos compañeros se le acercaban a la altura de su nariz y lo increpaban. Venga, muévete de aquí, gatito. ¡Qué gatito tan bien portado! Jajaja. Lo molestaban y tironeaban para que reaccionara, pero él, quieto como una estatua. No desobedecer. Acatar las órdenes del maestro al grado de experimentar a esa corta edad la vergüenza, el miedo a hablar para pedir lo necesario. Hasta una simple salida al sanitario se volvía terror. En la primaria formaba parte de la escolta, lo que significaba ejemplo de rectitud, excelencia académica, respeto a la bandera nacional, obediencia. Lo que provocaba sentir mucho respeto, mucho orden. ¿Y qué era lo único que le hacía entrar aire a esos pulmones frágiles y alimentaba su espíritu? El silencio, la lectura y dibujar, su refugio.
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Comprendiste con lecturas, crónicas y testimonios lo que había sucedido esa tarde del 2 de octubre de 1968.
Te consideras autodidacta, tanto en tu formación artística como en tu formación política. Leer y dibujar, esos refugios para cuando niño fueron también tu formación política.
-Algo que me marcó fue ver durante mi secundaria la película mexicana Perro Callejero. No tiene mucho que ver pero ponen imágenes del movimiento estudiantil, las intercalan en la película. Yo me deshacía por saber si eran actuadas o eran reales, y después con el tiempo, ya documentándome, supe que eran imágenes reales. Esas imágenes me quedaron grabadas.
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Dibujar y leer; leer y dibujar. Leer lo que se apareciera. Sin saber cómo, cuando estaba en la primaria le llegó a sus manos La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. Era tan niño que lo leyó por sed de letras, pero no entendió poco. En la secundaria recién, cuando ese niño se rebeló contra toda orden, sea cual sea y viniera de donde viniera, entre malandros y pandilleros, fumando y bebiendo en la casa de un ingeniero borracho, se encontró en un estante nuevamente ese libro. Lo tomó con una especie de atracción muda. Y porque en ese contexto no valía nada más que burlas, el ingeniero dejó que se lo llevara sin pautar devolución. Entonces, con una certeza interna incendiaria y rebelde, volvió a leerlo.
La manifestación estudiantil y la masacre del 68 le llegaron entonces por archivo, por lecturas, por reverberancias de la historia.
-Me acuerdo de andar leyendo el libro en el transporte público, ver a las personas mayores y preguntarme por qué no hicieron nada, a poco no sabían lo que sucedía.
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Tanques en la plaza de Tlatelolco, imagen de archivo del 2 de octubre de 1968
Fue tu hermano mayor quien te comentó, para cuidarte, sobre los riesgos de ser estudiante. Tan solo iba a quinto año de primaria cuando le escuchaste decir algo que nunca olvidarías: ser estudiante para el Estado es un delito, los matan y los desaparecen. Por lo tanto, si me frenan en la calle y me preguntan qué hago, entendiste con razonamiento de niño, no tengo que decir que soy estudiante. Porque me pueden matar.
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La secundaria fue la rebelión sin forma, contra todo: toda autoridad, todo deber, toda institución. El desborde, el desmadre, la pandilla. No dejarse. Empezó a rebelarse contra todos, dejó de estudiar, seguía leyendo pero ya no hacía las tareas, a propósito.
-Nunca se me quitó la sensación de que para el Estado ser estudiantes era un delito, por todo eso de la represión. ¿Entonces cómo salir a la calle? ¿Qué tengo que hacer para que la policía no me agarre? Igual me agarran por andar de vago o por ser estudiante. En qué país vivimos, ¿no? Desde que tuve más conciencia de eso, empecé a participar de las marchas el 2 de octubre.
Abarcar todas las polaridades del ser humano parece haber sido su lema, y de gato tranquilo y obediente pasó a gato rebelde.
-Me dijo mi hermano, cuando iba a la secundaria, que tenía que practicar mi firma porque pronto la iba a ocupar.
Entonces probó con Roberto. No. Roberto no. Probó firmar con Contreras, su apellido, pero no, tampoco. Dibujó, de pronto, un gatito en la pared, parado, de espaldas. Fue entonces que, para firmar sus pinturas y dibujos, adoptó el gatito; eso que funcionaba como burla lo volvió una fortaleza.
La prepa se la salteó. Decidió estudiar dibujo en una escuela particular que se derrumbó en el terremoto de 1985, dejándolo sin ningún documento escolar pero sí con lo aprendido. Después entró a trabajar en una fábrica de juguetes de plástico. Posteriormente, y por necesidad de papeles académicos, estudió el bachillerato.
Por un tiempo vivió como en dos mundos, uno allá en la calle, entre la rebeldía, la pandilla de la esquina, las corretizas policiacas, el rocanroll, los excesos y la desobediencia. Y otro en el trabajo, la fábrica de plásticos, con la familia, la obediencia. Cuando en vísperas del año 1994 escuchó sobre el levantamiento armado de los zapatistas en Chiapas, algo de esa rebeldía desbordada que sintió durante su adolescencia cobró sentido y forma.
-Como dice ese Marcos, todos somos zapatistas pero a veces no nos damos cuenta. Entonces entendí toda esa rebelión mía.
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Por todo esto sientes, mientras pintas con tu pincel en alto y contemplas horas y horas esas figuras que vas delineando, que la realización del mural 1968 Semillas y Memorias llena un espacio especial dentro de tí. Algo se completa.
-Desde el centro comunitario me dicen que gracias, porque en esta vida cumplieron el sueño de tener un mural sobre la historia de Tlatelolco. Y es recíproco, porque mi primera referencia de lucha fue el 68, y todo el tiempo lo tuve como concepto de lucha, pues, de resistencia, de dignidad y de muerte, de dolor por los chavos que dejaron su vida. Qué grato para mí haber llegado a este momento de realización de este mural.
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Fragmento del mural 1968 Semillas y Memoria realizado por el
Gato en el Centro Comunitario Raíces Tlate
Para el Gato pintar un mural es insertarlo en la historia. Pinta siempre que puede y su trabajo como rotulador se lo permite. Pinta para el pueblo, pidiendo permiso a las comunidades, y siempre sobre su historia y su realidad.
-La función del mural es tener un contexto, una historia, que cuente algo en base al entorno social, del momento en el que se pintó, de lo que estaba pensando en ese momento o lo que podría llegar a pasar. Pero tiene que tener un contexto, que suceda algo. Yo busco transmitir algo – afirma mientras contempla y se dispone a conversar sobre el mural.
Leer el mural con la mirada puede llevar horas y días. La mirada circula por una serie de situaciones, rostros, objetos, portadas de libros, gargantas, miradas. La sensación es la de estar frente a una historia a la que se puede entrar por múltiples ventanas. La imagen permite eso, una complejidad simultánea, como la realidad. Traducir el mural a palabras es darle una direccionalidad, una linealidad de la que carece, pero en diálogo con la historia, con la memoria, con el archivo, es posible relatarlo.
-Imagínate si yo hubiera tratado con solo un par de imágenes representar todo lo que pasó, hubiera estado muy cabrón. Me hubiera metido en una onda psicológica, egocentrista. Por eso intenté hacer una composición tipo collage, una alegoría.
Después de muchas ideas y bocetos, decidió dividir el mural en tres partes; el movimiento estudiantil, la represión del 2 de octubre de 1968 y la actualidad.
-¿Cómo represento la muerte de tantos? Tengo que buscar elementos propios para poder representar de una manera individual lo que significa la muerte, la desgracia, la violencia, la agresión.
Pero no podía quedarse únicamente con su representación. Buscó en libros, en archivo y fotografías de la época. Se juntó con personas del centro comunitario y con los compañeros y compañeras sobrevivientes del Consejo Nacional de Huelga para conocer y recopilar voces sobre lo ocurrido. Así, entre recuerdos y conversaciones, el mural fue cambiando, materializándose en pintura.
El Gato señala a cada uno de los representados y cuenta su historia, su influencia, por qué están ahí, en ese pequeño homenaje que es incluirlos en el mural. Hay algunas individualidades, como el Che, Lucio Cabañas, Genaro Vázquez, José Revueltas, Rubén Jaramillo; hay colectivos, como estudiantes, sindicalistas, ferroviarios; hay estudiantes de la Ibero, está el pueblo de Topilejo, la manifestación del silencio. El Gato va nombrando uno por uno y cuenta el rol que ocupó cada colectivo, menciona cada detalle, cada lucha referida.
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