Foto: “Dos de octubre”, panel del mural 1968: Semillas y memorias, por el muralista Gato Contreras.
Testimonio por J. Jesús Maria Serna Moreno, CIALC-UNAM.
Soy profesor universitario. El 2 de octubre de 1968 estuve en la Plaza de las Tres Culturas con dos de mis hermanos; el mayor estaba en la plaza, el menor estaba conmigo en uno de los balcones del edificio Chihuahua. Junto conmigo se encontraba Javier Barona García, que murió en un supuesto accidente de forma bastante rara, no aclarado a mediados de los años setenta, cuando era miembro del Comité Ejecutivo del SINTGB, en el sindicato de bachilleres; también estaba conmigo en el balcón, comentando los acontecimientos que había en la plaza, Luis Ríos Durán, del cual no he sabido nada desde hace ya muchos años, no sé qué pasó con él, después de 1972 perdí contacto y ya no he vuelto a saber de él.
Estuvimos ahí en la Plaza cuando se dieron los acontecimientos que ya todo el mundo conoce: la bengala, los primeros disparos. Nosotros, al principio, pensamos que era como estaba diciendo Vega en el micrófono, o sea, que era una provocación; alguien decía por ahí que las balas eran de salva, tratamos de calmarnos y dijimos: vamos a bajar, pero los disparos continuaban, se fueron haciendo cada vez más fuertes y la gente empezó a correr para todos lados. Nosotros nos dirigimos hacia las escaleras, nos metimos en un departamento que estaba vacío, estaba en reparación, y entramos un grupo como de 60 gentes; nos metimos a las recámaras, nos asomamos pro las ventanas y había tanquetas de aquel lado del edificio Chihuahua, las ventanas daban del otro lado de la plaza. Cuando estábamos asomando la ventana nos dispararon de una de las tanquetas, rompieron los cristales de las ventanas, las balas pegaron en el techo, nos cayeron grandes trozos de yeso y eso hizo que automáticamente nos lanzáramos al suelo y ahí fue donde empezamos a sentir con mayor rigor la gravedad de la situación. Javier Barona y Luis Ríos Durán se metieron en otro departamento, yo me quedé solo con mi hermano, a ellos ya no los volví a ver, salieron al día siguiente, según supe después, de manera un tanto simpática: a uno de los soldados le enseñó Javier Barona una credencial de estudiante de Derecho, el soldado le dijo: ¡ah conque estudiante! No, soy litigante, le respondió Javier. Pero estudia, insistió el soldado. Que no, litigo, y seguramente el soldado no supo qué era eso y lo dejó salir, eso pasó al día siguiente. Nosotros continuamos en el departamento, mi hermano y yo, escuchando los disparos, gritos, todo lo que ocurría en la plaza. No sé cuánto tiempo pasó, debe de haber sido una hora y media o dos horas, cuando empezó a entrar humo, mucho humo, porque el departamento de a lado se estaba quemando; parece ser que una especie de láminas plásticas que estaban cubriendo las ventanas estaban echando un humo tremendo que no se podía soportar, y fue así que tuvimos que salir todos los que estábamos ahí. Ya para entonces había oscurecido; nos bajamos por las escaleras que estaban llenas de agua, era una verdadera cascada, parece ser que habían roto tuberías y el agua se había derramado. Bajamos, nos detuvieron unos soldados en el tercer piso y todos con las manos en alto; lo que decíamos es que estábamos en los departamentos que se estaban quemando y que por eso habíamos tenido que salir. Nos tuvieron primero un tiempo en las escaleras, después nos bajaron y nos acomodaron en filas pegados a la pared del edificio Chihuahua; ahí estuvimos viendo escenas tremendas: un camillero que intentaba entrar en la plaza porque se escuchaban gritos, una muchacha gritaba: ¡necesito ayuda, me estoy desangrando! Los camilleros intentaron ingresar a la plaza pero los soldados se lo impidieron a base de culatazos y los regresaron a donde estaban. Nadie puede pasar ala plaza, era la orden. También vimos un soldado que disparaba hacia el edificio y va un oficial y le dice: ¡ya no tire!: el soldado voltea a verlo, regresa otra vez la vista hacia el edificio y continua disparando, el oficial regresa y le dice a gritos: ¡que ya no tire! Pero el soldado continúa tirando. El oficial regresó, le tiró una patada que casi lo derriba y le dice luego de una grosería: le estoy diciendo que ya no tire, y se va. El soldado se levanta, se sacude, se vuelve otra vez a hincar y continua disparando. Escenas de ese estilo; se veían como drogados, como autómatas actuando. Escenas de una señora llorando con el cuerpo de su hijo en los brazos, gritándoles a los soldados hasta que la sacaron hacía atrás del edificio Chihuahua.
Después nos metieron en unos baños que estaban en construcción debajo de la plaza, ahí estuvimos otra media hora y ahí conocimos a una señora que vivía en el edificio Chihuahua. Mi hermano y yo nos asimos a ella y así fue como salimos, diciendo que éramos hijos de la señora, una señora de edad avanzada, gorda, y ella fue nuestra salvación, porque ella dijo: sí, son mis hijos, y además actuó porque les decía que se sentía muy mal. Después nos dijo que no se sentía muy mal pero que sí padecía del corazón y que todo eso la impresionaba y eso ayudó un poco. Después se abrió una valla y a todos los que se suponía que éramos de los departamentos del edificio Chihuahua, en una selección que hicieron completamente absurda, nos hicieron formarnos y por esa valla nos sacaron. Caminamos tres cuadras sin querer voltear hacia atrás y sólo mucho después nos dimos cuenta cabal de que habíamos salvado la vida.


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