Ayotzi y la militarización en México

Foto por Rosa María Barajas Avilés

Fue el estado y las fuerzas armadas, por supuesto.

Las fuerzas armadas que mandan en el estado en México son presuntos culpables de crímenes de lesa humanidad, en particular el cometido el 26 y 27 de septiembre de 2014 en Iguala; pero saben usar bandas criminales y gobernantes progresistas para cubrir sus fechorías.

Les quitaron el derecho a la vida a mi hijo y sus compañeros. En una etapa tan bonita de la vida, a los 18, aun ajenos a la maldad del ser adulto. Han pasado 10 años, pero el amor que siento por mi hijo no tiene caducidad. Si no te encuentro en esta vida te buscaré en la otra. Para pedirte perdón por todo lo que te han hecho. ¿Cómo puede alguien desollar a una persona y quitarle el rostro? ¿Cómo ve a su familia después de eso. ¿Cómo aceptar? Para los gobiernos es natural. Yo vivía en la obscuridad de lo que ocurre en mi comunidad, en mi región y en mi país. Yo era trabajador de la construcción… No entendíamos la gravedad del asunto—el involucramiento del ejército.”

Emiliano Navarrete, padre de José Ángel Navarrete González.

Muchas gracias por tu libro, Estefani, y por seguir cuestionando, seguir preguntándote cómo tanta crueldad fue posible en una sola noche, por seguir negándote a naturalizar las atrocidades de estado. Estefani Palafox, La crueldad sobre el cuerpo como una estrategia de poder en México: caso Ayotzinapa. UACM (Plantel Cuautepec) 2024.

Las fuerzas armadas contra Ayotzi

Primero, algo inobjetable.

Al término del primer sexenio de Morena el complejo militar, industrial y financiero llamado “fuerzas armadas” se refrenda como el aparato más poderoso del estado. Las “fuerzas armadas” con su ejército, marina, fuerza aérea, guardia nacional y sus innumerables vasos capilares comunicándose con toda clase de fuerzas policiacas, municipales, estatales y federales, secretas y no secreta, fuerzas que cubren el lastimado territorio llamado México. ¿Quién dentro del estado puede resistirles? ¿El SAT? ¿La SEMARNAT? ¿Derechos Humanos? ¿La presidencia? Si acaso la Secretaría de Educación (SEP) le de dolores de cabeza y eso debido a la lucha de los aguerrid@s “muchach@s de la CNTE”. 


 Segundo, una tesis que saca ámpulas en tiempos de la llamada cuarta transformación:

Fue lugar común por décadas pero ahora se disputa: El mayor promotor e incitador experto en sangre, violencia, represión, criminalidad, desapariciones y desgarramiento del tejido social es justamente las “fuerzas armadas”. Ese es el patriarca mayor, el que más viola cuerpos sociales e individuales ensañándose en los cuerpos de mujer. El que más amonestaciones por violaciones a los derechos humanos tiene. (Amnistía Internacional, Human Rights Watch)

Dicen que la mayor crueldad viene con las mafias criminales, pero ¿pueden separarse de las fuerzas armadas? Un ejemplo es Chiapas: Alguien ordenó que la frontera con Guatemala se militarizara para impedir el paso de migrantes. Llegaron soldados, guardias nacionales y policías de la migra a ilegalizar un derecho humano que es  la migración. Al hacerlo, junto con las fuerzas militares, aparecen en este nuevo escenario los expertos en trabajos ilegales: carteles y mafias criminales. Pronto se hicieron “cuates” de los soldados y juntos abrieron la puerta a la trata, prostitución, las drogas, guerras y desapariciones forzadas. La crueldad. Se supone que los soldados llegaron a impedir el caos que engulle a Chiapas; en realidad su llegada lo propició y precipitó. No se impidió el paso de migrantes, se convirtió en un jugoso negocio.

Y ahí donde uno le rasque encuentra historias similares. Llegan las fuerzas armadas “legales” y con ellas los grupos criminales “ilegales”. Como el huevo y la gallina, no se sabe quién trajo a quién.  

Estefani Palafox escribe: “La violencia se ha caracterizado por ir en aumento en los últimos años, alcanzando niveles alarmantes; ante esto el Estado ha decidido aumentar el rol de las fuerzas armadas e instituciones de seguridad Estatal, Municipal y Federal mismas que se han visto envueltas en violación a Derechos Humanos como sucedió en Acteal, Aguas Blancas, Apatzingán, Nochixtlán, appo, Atenco, Tanhuato, San Fernando y Tlatlaya por mencionar algunos.” (Palafox, La crueldad, 16)


 Tercero, ¿quién desencadenó las bestias y las arrojó contra Ayotzi?

¿Quién ordenó desaparecer a 43 estudiantes? Mucho se puede decir de la controversial periodista Anabel Hernández, pero yo me quedo con su conclusión en La verdadera noche de Iguala: Una duda pertinente es preguntarse si Peña Nieto estuvo en el momento y lugar en que la desaparición fue decidida, o se le informó minutos o a más tardar horas después. En cualquier caso, la decisión se tomó por un círculo del más alto poder.

Que fue operación de estado no hay duda. Operación de fuerzas armadas. Es fácil comprobarlo. ¿Quién si no las esferas más altas del estado fue capaz de ordenar al patético Procurador General de la República que inventara una “verdad histórica” que cubriera a los verdaderos culpables de la atrocidad? ¿O será que Murillo Karam tuvo que hacer el papelote que hizo para proteger a Abarca y a los narquillos de Guerreros Unidos? ¿O al comando del 27 Batallón de infantería en Iguala? ¿O a un puñado de soldados y sargentos que no hicieron bien su trabajo? ¡Absurdo! Más aún cuando cientos de miles de personas en todo el país y muchos lugares del mundo gritaban enardecidos detrás de las madres y padres de los 43. Es un insulto a la inteligencia negar que la orden vino de muy arriba para cuidar a un criminal también de mero arriba. Por eso decimos que fue el estado.

Ayotzinapa es explícita: la investigación se detuvo cuando empezó a rastrear los cuarteles militares.  


 Cuarto, el abrumante poder de las fuerzas armadas se advierte cuando uno alcanza a ver cómo logra cubrir sus fechorías.

Por un lado crea paramilitares, narcos y bandas criminales; se distingue aunque se mimetiza en ellas, sobre todo cuando hay un megaproyecto ansioso de despojar tierras o aguas de un pueblo que se niega a entregarlos. Las fuerzas armadas entonces outsourcing las chambas más sucias e indignas. Los criminales entran en acción y las fuerzas armadas quedan “limpias”. Más aún, los pueblos y comunidades sacrificadas en vez de repudiar a los ejércitos, les exigen que “hagan su trabajo” y vayan a protegerles. Así el complejo militar puede quedar hasta como héroe si hace los movimientos tácticos correctos (si no comete las pendejadas y abusos que siempre comete) y hace una buena campaña publicitaria.

Y por otro lado tiene un gobierno progresista que le defiende. Le defiende de aquellos que desde abajo y más bien a la izquierda le han desafiado históricamente, frontalmente. Mientras que el inútil de Peña Nieto los unificó en su contra, AMLO tiene el talento de dividir a estos adversarios. Resulta revelador ver el corrimiento de personas y colectivos que fueron críticos y hoy son cómplices o incondicionales de AMLO y la 4T. Se tragan montón de sapos que años atrás hubieran escupido.

 Decir que el ejército no es responsable de Ayotzinapa, decir que el ejército es el pueblo en uniforme, decir que Julio César López Patolzin no era un espía del ejército en Ayotzinapa sino un pobre niño campesino que quería ser maestro, decir que no hay pruebas de que el ejército haya intervenido en Ayotzinapa, y pretender creerlo. Qué maestría del ejército haber producido tanta confusión.

 Tragarse estas patrañas traiciona la memoria del 2 de octubre y todo el 68, del 10 de junio de 1971, de la guerra sucia, de los estados de sitio en Guerrero y Oaxaca, la complicidad con la Familia Michoacana, la masacre de Aguas Blancas, los bombardeos y ocupaciones en Chiapas, las innumerables e indignas agresiones a las personas migrantes; denigra a los 43 de Ayotzinapa mismos y a sus padres y madres que piden es justicia y verdad.

 “Hasta hoy no tengo ninguna prueba de que haya sido el Ejército responsable por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, señaló el presidente Andrés Manuel López Obrador.” (La Jornada, 23 de junio, 2024) ¿Cómo se atreve a tan tremenda ceguera? ¿Y cómo es capaz La Jornada, antes un buen ejemplo de periodismo crítico, a sostener en editorial estelar que hay esperanzas de solucionar el caso porque el gobierno detuvo a un lidercillo de cártel Guerreros Unidos sin decir una sola palabra sobre la culpabilidad de las fuerzas armadas? Dice la editorial que las “indagatorias que se han estancado por factores como la fuga de Zerón, la erosión de las evidencias con el paso del tiempo, el operativo de ocultamiento que tuvo lugar desde las más altas esferas del gobierno de Enrique Peña Nieto y el indignante papel jugado por el Poder Judicial”. ¿Y el ejército? Bien, gracias. (La Jornada, 7 de septiembre, 2024) Afortunadamente, en La Jornada aún publican artículos como el de Raúl Romero (6 de agosto) y Magdalena Gómez (30 de julio) que ponen las cosas en su lugar.

Romero nos recuerda cómo la comisión para la verdad y acceso a la justicia del caso Ayotzinapa concluyó que no sólo la policía local y los narcos sabían lo que ocurría en tiempo real, también lo sabían la Sedena, Cisen, la Policía Federal Preventiva y el gobierno del estado de Guerrero. Tras esta conclusión, el gobierno de AMLO abandonó y criticó a esta comisión que él mismo creó mientras que el ejército empezó a hostigar a sus coordinadores, incluyendo al subsecretario Alejandro Encinas.

En suma, a 10 años del crimen de Ayotzinapa, varias cosas quedan claras:

  1. Las fuerzas armadas mandan en el estado en México.
  2. Siembran terror y sangre, son presuntos culpables de crímenes de lesa humanidad, en particular el cometido el 26 y 27 de septiembre de 2014 en Iguala.
  3. Saben usar bandas criminales y gobernantes progresistas para cubrir sus fechorías.

Deconstruir las fuerzas armadas

                                      
 Falta revisar, desde luego, quién es en realidad este complejo militar,

¿Qué intereses protege, a quien sirve, qué hace con el capital que acumula, con quién se alía, con quién se enemista, aquí en México, en Estados Unidos, en el mundo?

También falta estudiar cómo construye y organiza internamente su poder.

Ver por ejemplo, una columna vertebral de su ideología: la obediencia. Es decir, la pretensión, acaso utópica, de la obediencia absoluta de un inferior a un superior. Es decir, cómo enseñan a los soldados a suprimir y tratar de extinguir todo esfuerzo de cuestionamiento, crítica, valoración, evaluación, etc., para ser reemplazados por el comportamiento de la subordinación sorda. ¿Cómo aleccionan a sus hombres a renunciar ni más ni menos que a la libertad, lo más preciado de la humanidad? ¿Y qué consecuencias tiene esto en la organización y acción del ejército?

Y quizás lo más crucial: ¿Qué tanto ocurre la desobediencia, o sea, la resistencia a la jerarquía de mando? ¿De qué maneras sigue latiendo la humanidad en los cuarteles, las comisarías y los carteles?

Aprendamos de la represión:

Que el programa de entrenamiento militar funciona se percibe en su accionar.

 Solo una bestia pudo desollar a Julio César Mondragón. Sólo conciencias muy deterioradas pueden cumplir la orden de ejecutar los vuelos de la muerte ahora denunciados por Raúl López Téllez (“Creer en la suerte”, Regla de 3.)

 Más cercano, el 5 de septiembre pasado un grupo de golpeadores atacó con palos y navajas a una comunidad de Xochimilco. La policía, en vez de arrestar a los agresores, detuvo a los agredidos. Por la noche, una protesta de decenas de compañeres presionó sin tregua hasta lograr la liberación de les detenides no sin antes enfrentar un escuadrón de policías militares conocidos como Zorros y Ateneas (igualdad de género al reprimir).

Estos campeones llegaron golpeando a raja tabla, pero ¡cuidado!, no con golpes sin ton ni son sino con agresiones bien planeadas para lastimar “científicamente” en la nuca y en las articulaciones de brazos y piernas. Lesiones que aún sanando seguirán doliendo de por vida y te harán pensar dos veces antes de volver a salir a las calles a protestar. Sólo faltó, como en Chile, disparar para destruir los ojos.

Vale la pena revisar el diálogo que acompañó la represión.  La agresión se acompañó de amenazas e interrogatorios que nos permiten vislumbrar su ideología. Insistieron, por ejemplo, en preguntar: “¿Quién les paga?” Se desahogaron con expresiones como: “A ver si sigues siendo tan perra” y amenazaron con cosas como: “Te vamos a desaparecer”.

 Comentarios:

  1. No pueden comprender que hay personas que actúan por ideales. Todo es el varo. La dignidad y el compañerismo no existen; todos son culeros, sólo el interés egoísta rifa. Los demás me valen madres.

  2. La mujer que lucha es una perra. Y como a un perro rabioso hay que someterla a golpes. El respeto y la integridad de la persona y la mujer simplemente no existen en su imaginario.

  3. ¿Cómo se atreven a amenazar a un detenido de desaparición forzada? Es el reino de la impunidad absoluta, sin cortapisas. ¿La ley? ¿Derechos y garantías? Igual que hace diez, veinte, treinta, cincuenta, cien, quinientos años: el respeto a las normas no existe en su visión del mundo. Fanfarronean y quizás pueden provocar el daño más bestial: torturar y violar a la víctima, venderla como esclava o ejecutarla y después esfumar su cuerpo para seguir torturando a sus seres queridos que les buscarán por siempre sin poder encontrarles.

En palabras de Estefani Palafox: “La crueldad cosifica al sujeto… Una crueldad gratuita que se agrega como castigo al acto de matar… El concepto de crueldad ejercida sobre el cuerpo no sólo representa un daño para la persona que la vive, sino que genera un mensaje con impacto para el conjunto de la sociedad.”

En suma, estamos ante una densa ideología opuesta a cualquier cosa que huela a libertad, justicia o democracia. Los estudiantes de Ayotzinapa enfrentaron bestias confeccionadas por las fuerzas armadas; bestias que el cándido gobierno nos quiere convencer que son simplemente pueblo en armas, garantía de justicia y soberanía.

Y hay quien se lo cree. Así estamos…

Y sin embargo, para su encono, la lucha sigue.       

¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!


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